El Ganges, a contracorriente

Fotografía y texto, Maria Chamón

 

En la ciudad sagrada de Varanasi, los jóvenes juegan a orillas del río Ganga. Cada uno disfruta de él como quiere. la cuestión es estar cerca.

La humedad hace irrespirable el ambiente en la capital india. Es la segunda vez que piso Delhi y pasear por sus calles me traslada a un entorno que me resulta familiar y estresante a partes iguales. Decidimos subir hacia el Norte, me contaron que el agobio desaparece a medida que te escapas de la ruta clásica. En cuanto consigamos subirnos al tren y superar los múltiples cazadores de turistas que acechan en la estación de Old Delhi, subiremos hacia Haridwar y Risikesh. También me contaron que en ambos lugares el Ganges es aún azul. No me lo creo, pero iré de todos modos.

Las ciudades bañadas por el río sagrado son especiales. Una aureola de religiosidad, aun más elevada si cabe que en el resto del país, se apodera de sus calles. No hay una plaza central, el río es el centro de actividad del lugar. Y su gente se mueve siempre cerca, se mantiene como referente a todas horas del día y para realizar distintas y rutinarias actividades. El baño purificante y la oración constante son parte de su atractivo. Aunque, para una mirada occidentalizada como la nuestra, la sorpresa radica en la extrema suciedad de las aguas del río. No logramos entender como pueden limpiar su cuerpo, y de paso su alma, en aguas que, según afirma la BBC basándose en datos de la Fundación Sankat Mochan –que trabaja por la limpieza y concienciación de la calidad del río- contiene un nivel de bacteria coliforme fecal 35 veces superior al máximo permitido por las autoridades ambientales del país. Definitivamente me mintieron, no era azul.

El Ganges hipnotiza. Nos sentamos en cualquiera de sus ghats y saludamos tímidamente a aquéllos que nos miran atentos para analizar nuestros gestos. Algo parecido a lo que hacemos nosotros, observamos como se quitan la ropa, la dejan hecha un ovillo, esconden sus pertenencias dentro, se quedan con un harapo que en algún momento fue blanco y entran en un estado de trance en el momento en que su cuerpo toma contacto con el río. Algunos cierran los ojos, otros juntan y alzan las manos hacia arriba, incluso se sumergen entre tres y cinco veces. Rezan, piden a sus dioses protección, fortuna, suerte y más protección. Agradecen lo que tienen, mucho o poco. El Ganges tiene la capacidad de juntar entre sus aguas a ricos y pobres, a hombres y mujeres, niños, animales y restos de basura. Se mezclan castas dentro del río, nunca fuera de él. La diosa Ganga tiene ese poder. Nadie más lo tiene en una India que sigue el patrón tradicional e inamovible de las castas.

Vamos a contracorriente, la fuerza del agua empuja hacia el sur, nosotros nos dirigimos al Norte, a Risikesh. Más de lo mismo. Niebla, lluvia y un fragmento más de este exotismo religioso. No tratamos de entender, simplemente nos empapamos de la lluvia, del incienso y de la niebla que sube y baja arropada por las montañas que rodean la ciudad. Un puente colgante sitiado por los clásicos monos de India hace de unión entre ambas orillas. Cae la tarde y se encienden las candelas en un pequeño recinto. La música estridente y arrítmica nos atrae. Los sacerdotes forman parte de un lento ritual que preparan al detalle. La concha sobre la mesa servirá para marcar el inicio de la oración. Cinco candelabros reposan a su lado. Y por supuesto, la campana que acompañará la romántica velada está también presente. El telón de fondo es el río que actúa como protagonista forzado, acostumbrado a vivir cada día la misma escena. La gente acude. Dejan sus zapatillas en la entrada y se plantan cerca del sacerdote a la espera del toque de inicio. Sacan sus móviles. Preparan las cámaras para grabar la ceremonia. Ahora dios permite el uso de móviles para retener y compartir el momento sagrado entre familiares y amigos que no estén presentes. Creo que es una estrategia de marketing para atraer más fieles la próxima vez. Seguro que funciona. El boca oreja hace que estas ceremonias siempre se llenen.

Empieza el espectáculo. Todo pasa muy deprisa. El sutil sonido de la concha recuerda al mar. La música de los tambores que suenan detrás nos envuelve. La gente se arremolina en el centro y busca un hueco cerca donde alcancen a respirar el humo de las velas. Los sacerdotes agarran con fuerza los candelabros. Deben pesar. Pero es un esfuerzo que dios recompensa. Algunos actúan con rostro cotidiano. Un día más de trabajo. Los fieles entienden que es un momento único y deben aprovechar para purificar su alma hasta las profundidades de su estómago. El trayecto hasta Risikesh ha sido largo y no podrán regresar aquí cada día. Así que hoy es especial. Lo aprovechan. Salen limpios. Y pagan al final. Unas pocas rupias servirán para que mañana vuelvan a encender las velas para nuevos fieles. No logramos entender. Pero tampoco lo pretendemos.

Volveremos al Ganges más adelante. Después de recorrer el norte de un país en el que descubriremos vida más allá del hinduismo. Otras ceremonias, otros sacerdotes y otros templos nos enseñan que en India, las regiones se dividen por su religión. Budistas cerca de los Himalayas, musulmanes en la región de Kashmir y Sijs que acogen a cualquiera que se acerque a sus templos sin pedir la acreditación de religiosidad nos sirven como muestra de riqueza cultural. Sin embargo, el lugar más sagrado del país, allá donde se juntan la vida y la muerte nos espera. Llegamos a Varanasi.

Cierto es que Varanasi gira en torno al Ganges, todos sus callejones alcanzan el río. De noche resulta imposible orientarse. De día, muy de día, la actividad en el centro de la parte vieja de la ciudad es un hervidero de vida. Colores, inciensos, perros, vacas, ancianos, gurús y niños buscavidas rellenan de contenido los muros de viejos edificios descantillados. Y también de día la orilla del río se convierte en un mercado, en una rambla de flores y oración, de aprendices de brahminos que meditan y se contorsionan en posiciones imposibles bajo la atenta mirada del maestro. De vendedores de chai, de fervientes grupos de peregrinos y de solitarios pastores que arrastran búfalos inmensos para darse un baño. De sadhus con rastas imposibles y mirada perdida más allá del horizonte del río al que rezan. De cientos, de miles de personas que se acercan a la diosa Ganga para pedir y para dar, para agradecer, para recuperar, para rendirse al fin y al cabo a la voluntad de una religión que se supone generosa con sus devotos seguidores.

Decidimos dar un largo paseo matinal siguiendo la orilla del Ganga de nuevo. El olor y el calor extremo nos avisa, estamos cerca. Montones de troncos de madera, algunos encendidos, nos alertan. Ya hemos llegado. Aquí acaba todo para los hindúes. En este lugar se despiden del mundo por última vez antes de atravesar al otro lado. Algunos, los más afortunados, se despiden para siempre. Otros regresarán a él reencarnados en lo que dios haya decidido para ellos, en función de su buen o mal comportamiento. La vida no fue fácil en ninguno de los casos, ahora les toca rendir cuentas al todopoderoso.

Queman cuerpos inertes envueltos en telas, flores y amuletos. Cargan a sus muertos untados de mantequilla y embadurnados con serrín sobre los hombros. Les darán un merecido homenaje final. Los trabajadores del crematorio actúan con una rutinaria normalidad. Los familiares tienen absolutamente prohibido llorar. Las mujeres tienen vetada la entrada. Ellas no saben contener las lágrimas y evitan que den un espectáculo. Los turistas simplemente alucinan y tosen. Las barcas repletas de indios o japoneses navegan desde la distancia y ralentizan el paso cuando llegan aquí. Prohibido hacer fotos, nos recuerdan. A no ser que la familia, a cambio de unas pocas rupias, te lo permita. Preservar la intimidad del muerto también tiene un precio.

Una de las familias que espera para prender el cuerpo de su padre nos invita a acercarnos. Sacan una cámara y los hombres se colocan alrededor del cuerpo, destapan la cara y la sujetan inclinada para que se vea bien. Un último retrato familiar antes del adiós definitivo. Esta vez no sonríen, el muerto tampoco, no puede. Acaban la sesión fotográfica y cubren de nuevo la cara inexpresiva del difunto. El primogénito va vestido de blanco y lleva el cráneo rapado. Pasó por el barbero que estaba en el ghat de al lado y se cortó el pelo dejándose tan sólo un mechón en el último chacra. Será él quien prenda la llama. Después de dar varias vueltas alrededor del muerto acercará el fuego a la madera y el cuerpo empezará a arder. El tiempo depende de la calidad de la madera que hayan comprado.

Nos retiramos. Vemos unas escaleras al fondo y alguien que con su mano nos invita a acercarnos. Nos hace un hueco en la sombra y el humo de las cremaciones no nos molestará tanto. Es un buen mirador y ellos lo saben. Aquí nos quedaremos un rato. Viendo la vida y la muerte pasar. Viendo como se dan la mano y una coge el testigo de la otra para acompañar, a partir de ahora, a las personas presentes ahí. Tiene trabajo la muerte, hay muchos clientes hoy. Siempre es así, nos comentan. Esto no para, la muerte no entiende de horarios y los cuerpos no pueden esperar más de dos días a ser reducidos a cenizas. El olor se haría aun más insoportable.

En ese momento cuatro cuerpos arden, uno al lado del otro. Vecinos ocasionales en el último suspiro de sus vidas. ¿Serán de la misma casta? ¿Se conocerán en el otro lado? ¿Quién arderá antes? Imagino una historia. Dos de ellos ya se conocían. Vivieron en calles colindantes y se veían en el mercado y en el ambulatorio. Jamás hablaron. Antes de morir, a ambos, el médico les dio malas noticias. Te queda poco tiempo, Sahid. A ti también Kahn. Ambos reaccionaron igual, se resignaron. Eran ya mayores y dios quiso que llegara su final. Sahid murió el martes. Kahn murió al día siguiente, después de enterarse de la muerte de su vecino. Aquél al que jamás saludó. El jueves sus cuerpos ardían uno junto al otro. Sus familiares se habían retirado después del ritual. Vi el rostro de Sahid arder. Y vi el pie de Kahn caer al suelo vencido por el fuego. Que cosas tiene la muerte, al final a todos nos llega y ella decide con quien compartiremos lecho.